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Stephanie Raha
Editora Ejecutiva
Septiembre 2009
¿Está teniendo uno de esos días en los que desearía haberse quedado en cama?
Esos días, ciertamente no son nada de broma. Aún peor, son aquellos en los cuales uno se queda en cama con las almohadas cubriéndonos la cabeza-porque algo malo va a pasar y uno no puede hacer nada por evitarlo.
Quizás sea el producto de una lesión seria o una enfermedad, o porque haya perdido el trabajo a causa de la economía. Desde un problema familiar, a dilemas legales, o a la pérdida de un ser querido, todo el mundo tiene su porción de problemas en el curso de sus vidas. Y aunque sabemos que no estamos solos, ni tampoco somos los únicos, ese conocimiento en verdad no nos ayuda mucho para disminuir la carga.
Es tan fácil ver la miseria de otros, y saber de inmediato como poder mejorarles esa situación: encontrarles el doctor idóneo si el asunto es de enfermedad, o el mejor abogado si fueran problemas legales, o como encontrar el mejor trabajo si el problema fuera de estar desempleado. Por supuesto. Pero de alguna manera, cuando uno es parte del problema, nunca es tan radicalmente fácil, ¿cierto? El doctor idóneo quizás no nos cure. El mejor abogado quizás no pueda ganar nuestro caso. Y el empleo ideal no se puede encontrar, o al menos no, con carácter permanente.
La única decisión verdadera que se puede hacer cuando se tiene problemas, o se está necesitado o con dolor, es hacer lo mejor que uno puede. Suena simple, ¿cierto? Y sin embargo, de una manera u otra, nunca lo es. Solo levantarse algunos días de la cama en la mañana a veces puede ser algo bien difícil. Lidiar con una crisis, cualquier crisis, significa balancear las demandas de nuestros propios cuerpos, mentes y almas con el gran peso de los eventos que atemorizan el demoler nuestras vidas tal como la conocemos.
Por eso después de respirar profundamente y de decir una oración. O mejor aún, de muchas oraciones, es buscar soluciones y tomar ciertas medidas que hagan sentido bajo las circunstancias.
Sé de una mujer que se impactó cuando su esposo con el cual estaba casada por 21 años, le anunció que se iba a divorciar de ella. Ella era una artista y le tomó un par de años el aceptar el hecho de que ambos nunca se reconciliarían. Durante ese tiempo, ella leyó libros acerca de auto-ayuda, buscó el apoyo de sus amigos y continuó esculpiendo. Entonces, determinó buscar una manera diferente de vivir y trabajar, por lo que se convirtió en institutriz de una hermandad de mujeres universitarias.
“Nunca diría que me alegra el que haya pasado por un divorcio”, dijo un tiempo después, “Pero mi mundo se ha abierto de nuevo y me encanta lo que estoy haciendo con mi vida. El recibir el cariño y la apreciación de un ciento de mujeres jóvenes ha sido el poder que ha sanado mi espíritu. No puedo sumergirme en mis propios problemas cuando necesito estar al frente para otras”.
También está la historia del hombre de negocios que fue diagnosticado con un caso irreversible de un tipo raro de cáncer. Él nos decía: “Me repetía diciendo: ¿por qué a mí, Señor? “Tenía mucho miedo y oraba fuertemente para que se produjera mi curación. En lugar de eso, Dios me puso en contacto con gente hambrienta de oír acerca de Él”.
Fue entonces cuando hizo la decisión de usar cualquier tiempo que le quedase para que la gente a su alrededor viviera la vida hasta el máximo. Después de su muerte, un número de sus amigos, de compañeros de trabajo y vecinos revelaron que este hombre había sido instrumento en la profundización de la vida espiritual de cada uno de ellos.
En el Salmo 91, Dios nos habla a nosotros Sus hijos: “Cuando ellos me llaman, responderé. Estaré con ellos cuando tengan problemas”. Él no promete una vida libre de dolor o sufrimiento, pero asegura que estará con nosotros siempre, no importa lo que cada día traiga.