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Stephanie Raha
Editora Ejecutiva
Diciembre de 2009
Las imágenes de las fiestas navideñas nos rodean en esta época del año: Santa Claus, árboles de Navidad, listones rojos y verdes. Pero el icono central de la Navidad es muy diferente; es una familia. En tarjetas de Navidad, en pesebres o en iglesias, las figuras del Niño Jesús, María y José cuentan la historia profundamente sencilla pero impactante del nacimiento del Hijo de Dios, hace más de 2,000 años.
Sabemos que Jesús nació de la Virgen María en un establo y que José, su marido, los protegió y cuidó de ellos. Siendo gente pobre, judíos fieles en una tierra invadida, les fue confiado por nuestro Creador nada menos que el bienestar eterno de todos sus hijos. La Sagrada Familia es un recordatorio que Dios puede dejarnos pasmados con su amor insondable por toda la humanidad, sobre todo por los pobres, los necesitados y los despreciados.
Por eso, al prepararnos a celebrar la Navidad, es tan apropiado que señalemos el 12 de diciembre, día de la fiesta de Nuestra Señora de Guadalupe. En ese día, honramos a María bajo este título de Patrona de las Américas, aún cuando ella apareció por primera vez a Juan Diego en 1531, debe haber parecido un hecho casi tan increíble como la venida de Cristo mismo. Con el nombre de Cuauhtlatoatzin por nacimiento, pero bautizado como Juan Diego, el indio mexicano era un viudo pobre de mediana edad, cuando aquella mañana especial de diciembre vio por vez primera la aparición de una hermosa mujer joven con los rasgos y el vestido de una princesa azteca.
Según un relato posterior, ella llamó a Juan Diego en un cerro llano llamado Tepeyac, cerca de lo que es ahora la Ciudad de México, diciéndole: “Mi hijo más querido, soy la Virgen María, madre del verdadero Dios, autor de la vida, creador de todo lo que existe y Señor del Cielo y de la Tierra … y es mi deseo que se edifique aquí en este lugar un templo dedicado a mi, donde, como la madre más misericordiosa tuya y de todo tu pueblo, pueda mostrar mi amorosa clemencia y compasión hacia los indios y todos aquellos que soliciten mi amparo.”
Juan Diego dio este mensaje al obispo local, quien quiso verificar la petición extraordinaria y le indico a Juan Diego que si él viera a la señora otra vez, debía pedirle una señal. Cuando ella se le volvió a aparecer, él le informo sobre la petición del obispo. A pesar del frío del invierno incipiente, él encontró rosas que crecían en la colina y, guiado por la señora, las juntó en su tilma, o capa, y las llevo al obispo. Cuando Juan Diego desplegó su tilma, las rosas cayeron al suelo y una imagen colorida de la hermosa señora se reveló impresa sobre la tilma misma. El templo fue construido y, en respuesta al milagro, millones de mexicanos nativos se convirtieron al cristianismo.
Ahora, casi quinientos años más tarde, la devoción a María como Nuestra Señora de Guadalupe se ha extendido a través de Norte y Sudamérica. Muchas iglesias llevan a cabo festivales, peregrinaciones y servicios religiosos para la comunidad entera, no sólo para mexicanos y otros hispanos, sino para todos. "Ella vino, no sólo para la comunidad mexicana, sino para todos nosotros," dice un administrador pastoral de una parroquia de California. "Tenemos cada vez más gente de las comunidades anglo y filipinas que quieren saber y participar en la celebración."
Dios se acerca a la gente de cada nación a través de María, madre de su Hijo, recordándonos que somos uno en Él, y que la fe, la esperanza y el amor no son meras palabras, sino dones capaces de transformar nuestras vidas, los cuales Él quiere que compartamos con los demás, primero durante la época de la Navidad, y después, a lo largo de todo el año.