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Jerry Costello
Abril de 2010
Cada vez que leo la columna escrita por el padre Meter Daly, sé que voy a encontrar algo que merezca la pena. El padre Daly es un viejo amigo, un sacerdote de la Archidiócesis de Washington D. C. que en ocasiones parcialmente y en otras a tiempo completo, ha sido párroco en Prince Frederick en el estado de Maryland, y además por el lado trabaja como columnista en el Servicio de noticias católicas (Catholic News Service). Él también había ejercido su profesión de abogado varios años antes de entrar en el seminario, y sus conocimientos legales le han servido bien una vez que ha estado activamente en las parroquias y de la misma manera, útil en sus reflexiones.
No hace mucho, he visto una de sus columnas con un título que capturó mi vista: “Lo que he aprendido en 24 años de vida sacerdotal”. Pensé que aquí había una columna, que requiere un tiempo adicional. Y eso es lo que he hecho.
El padre Daly escribió que cuando él estaba recién ordenado, era mucho más “severo”. Cuando la gente venía a él para recibir los sacramentos, el se aseguraba que eran miembros verdaderamente activos y fieles, como por ejemplo:
“Si querían bautizar a sus hijos, él los quería ver casados primero. Si se iban a casar, querían que no vivieran juntos. Si lo que pedía era la confirmación o ser admitidos en la Iglesia, quería que mostraran el conocimiento de la fe y alguna evidencia de que esa fe era practicada”.
Eso era entonces, y hoy es hoy, el padre Daly escribe, que él se ha convertido en alguien más compasivo y aceptante. Dice: “Los tomo como Dios me los manda”. “Ellos son todos un trabajo en proceso”.
De nuevo una explicación más detallada:
Me he dado cuenta que los sacramentos no son trofeos que se confieren a aquellos que han triunfado sobre el pecado, sino que más bien, son alimento para el hambriento y fortaleza para el débil. La gente busca los sacramentos porque necesitan ayuda en el camino hacia la perfección, no porque ya son perfectos”. Los tomo tal y como son”.
Dijo el padre Daly que ésta fue la misma lección reflejada en la homilía del Papa Benedicto XVI en un sermón que le predicó a los sacerdotes diocesanos en 2008 (e impresa en agosto de 2009, publicada en 30 DÍAS, una revista católica internacional basada en Italia). En esa homilía, el Papa, también, se describe a sí mismo como haber sido “bastante severo” en sus actitudes como sacerdote joven, pero dijo que con el tiempo ha ido cambiando, siguiendo el ejemplo que ha dejado Jesús.
“Él era el Señor de la misericordia”, dijo Benedicto XVI, “muy abierto”-de acuerdo con autoridades oficiales-con los pecadores. Dándoles la bienvenida o invitándolos a cenar, atrayéndolos a él en común unión”.
Y, no es sorpresa, que hay una lección para todos nosotros como Christophers. Tenemos que aprender a llevarnos bien con otras gentes de la forma y manera que son, no de la forma y manera que nos gustaría fueran, o de hecho cuando frecuentemente demandamos que lo sean. Eso no quiere decir que estamos obligados a aceptar todo lo que venga. Debemos de animarlos con nuestros “sacramentos”: una palabra amable, el ejemplo de nuestras vidas. Vivir una buena vida lleva a otros a imitarla. Aquí, un pensamiento final del padre Daly:
“La gente a veces viene a mí con cierto tipo de crisis: ellos se han comprometido al pecado o se sienten adoloridos. Frecuentemente ellos se han alejado de la Iglesia por mucho tiempo. Mi labor consiste en dejar la puerta de la iglesia abierta para ellos, no ponerles barreras en sus caminos”.
Creo, que está muy bien dicho. Y son palabras de vida.