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Stephanie Raha
Editora Ejecutiva
Mayo de 2010
Ya han pasado varios meses desde que el pueblo de Haití sintió las primeras sacudidas del terremoto masivo que les azotó el 12 de enero. Los muertos se estiman en 250,000. Los daños se estiman en $13 billones.
Quizás los números mismos son un problema: Ellos son demasiado grandes, inimaginables. Pero, ¿qué pasaría si usted tuviera vecinos cuya casa se le derrumbó, cuyos negocios se perdieron, cuyos hijos se quedaron sin ropas ni posesiones, excepto aquello que se pudo salvar de los escombros? ¿Qué hay si no tuviera alimentos ni agua que tomar, excepto lo que otros pudieran proveerle? Entonces, ¿Qué haría?
En los primeros días después del terremoto, mientras que el número de muertos aumentaba y las imágenes de los heridos y devastados haitianos llenaron los medios de comunicación, la gente en los Estados Unidos y en el mundo entero, respondieron a la crisis. Los gobiernos prometieron ayuda económica; los individuos donaron efectivo y provisiones a las organizaciones de ayuda de emergencia. Vimos al pueblo de Haití sufrir, hasta que desaparecieron de las pantallas de TV y de los titulares de los periódicos, solo para ser reemplazados por el pueblo chileno que tuvo que padecer el horror de otro terremoto en febrero.
Y, aún así, si Chile no hubiera experimentado ningún desastre, Haití hubiera desaparecido igualmente de la pantalla del radar. El tiempo tiene una forma peculiar de producir eso.
Pero estos son seres humanos en una lucha entre la vida y la muerte. El pueblo de Haití y el de Chile no pueden soportar que se les olvide. En su lugar, debemos de tratar de ser gente generosa que presta atención a aquellos que desesperadamente necesitan nuestra ayuda.
Hay un hombre que viene a la mente como maravilloso ejemplo de alguien que nunca falló en tratar de alcanzar a cualquiera que estuviese necesitado, a pesar de sus propios problemas, de sus propias necesidades, de sus propios sufrimientos. Su nombre era Pierre Toussaint. Descendía de africanos esclavos, nacido en Haití en 1766 y que creció como católico en una plantación donde los dueños eran franceses pudientes. Allí aprendió a leer y a escribir. En 1787, su amo, Jean Berard, temiendo una rebelión de sus esclavos, se mudó con su familia y algunos esclavos, incluyendo a Toussaint, a la ciudad de Nueva York. Toussaint aprendió un nuevo oficio y se convirtió en un peluquero bien pagado y bien popular, especializándose en tocados de cabello muy elaborados, que era la moda en aquellos tiempos.
Cuando Berard falleció y su plantación se quemó varios años más tarde, Toussaint se convirtió en el proveedor para la señora Berard y el resto de su casa. También comenzó a participar en actividades caritativas que lo hizo muy famoso. Él compró la libertad para los esclavos, ayudó a los refugiados, fundó hogares y consiguió trabajos para los niños que andaban en la calle, con sus clientes ricos. Él ayudó a las escuelas, orfanatos e iglesias y cuidó de los enfermos durante las epidemias. No fue hasta que cumplió 41 años que Toissant ganó su libertad total al morir la Sra. Berard. Se casó y junto con su esposa continuó sirviendo a sus vecinos, blancos y negros, sin descansar, hasta su muerte en 1853.
Casi al morir, le preguntaron a Pierre Toussaint si deseaba algo. Respondió: “Nada en la tierra”. Quizás no es de gran sorpresa el saber que es el único laico que está enterrado en la Catedral de San Patricio, y que hoy es llamado Venerable, un paso hacia la santidad en la iglesia católica.
Este hijo de Haití, que ofreció a muchos americanos la ayuda práctica necesitada para sobrevivir, que conoció bien lo que significa el amor al prójimo. Ojalá que se pueda también decir eso de nosotros, ya sea que nuestro prójimo viva al doblar de la esquina, o en alguna otra esquina del mundo.