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Jerry Costello
Mayo de 2010
Los titulares de una columna en la página editorial del periódico The New York Times, hace unas semanas, captó mi atención. Preguntaba simplemente: ¿De qué puede usted prescindir en su vida? Dos preguntas inmediatamente acudieron a mi mente. La primera fue: ¿Qué está haciendo The Times? Y la segunda, más al punto: Vale, ¿de qué puedo prescindir en mi vida?
No era una pregunta retórica. La columna estuvo escrita por Nicholas D. Kristof, uno de los comentaristas políticos que regularmente contribuye con sus escritos al periódico, y relataba la historia de una familia de Atlanta que habían decidido hacer justamente eso: “prescindir de…” El Sr. y la Sra. Kevin Salwen, motivados por su hija de catorce años, Hanna, venderieron su lujosa mansión, donaron la mitad de la venta a obras caritativas y se mudaron a una casa mucho más pequeña. El idealismo de Hanna, obviamente tocó una fibra interna en sus padres y respondieron a ella. Y, aunque inclinados a ayudar a otros, ciertamente este era un gesto de carácter extraordinario.
Extraordinario, sí, para los adultos que están conscientes de los peligros de la existencia diaria, de la mella que se puede producir en los ingresos, de las enfermedades no previstas, de todo lo imprevisible (incluyendo el mercado de bienes inmobiliarios). Pero ciertamente, no de alguien que solo tiene catorce años, que vio cierta lógica en deshacerse de una casa grande y mudarse a una que fuese la mitad en tamaño, todo para ayudar al pobre. Pero aún Hanna Salwen (que aspira a ser una enfermera), sabe, que no todo el mundo puede vender su hogar. De todas maneras, ella continuó diciendo: “Todo el mundo tiene mucho de algo, ya sea tiempo, talento o tesoro. Cada cual puede dar la mitad de lo que tiene, solo encontrar que es lo que posee”.
Buen punto. Era ese ideal (con una adición significativa de dimensión espiritual) que, entre muchas otras cosas, motivó al padre Maryknoll James Keller a fundar The Christophers, 65 años atrás. Escribió una vez: “No hay nadie en el mundo que no pueda contribuir con algo para que este mundo sea mejor”. Se lamentó del hecho de que muchos hombres y mujeres a los “que se le ha dado mucho espiritualmente, todavía vacilan en compartir aunque fuese una pequeña parte de su tesoro con aquellos que no tienen nada”.
Apropiadamente, la columna de Kristof, fue publicada después de la tragedia del terremoto de Haití en donde murieron tantos. No solo esa tragedia ha multiplicado la desesperación desde que ocurrió, sino que otro terremoto devastador, este nuevo en Chile, nos recuerda que el desastre está siempre dispuesto a aparecer, no importa el tiempo ni el lugar.
Por lo que todo esto nos lleva a la raíz de la pregunta: ¿De qué estamos dispuestos a prescindir en la vida? En el caso de los Salwens, una casa más pequeña resultó ser una buena cosa, aunque inesperada. Era una casa más orientada a la familia, trajo consigo un acercamiento entre padres e hija. Más allá que esto, produjo el fenómeno natural que sucede cuando uno hace un bien a otros: un sentimiento de paz y contentura. Dijo Kenia Salwen: “No puedo imaginar que haya alguien que no desee este tipo de trato”.
Seguramente, habrá algo, y probablemente mucho más que una cosa, de lo cual usted pueda prescindir. Y no se tiene que preocupar quien pudiera ser el beneficiario. Hay un mundo afuera, esperando.