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Jerry Costello
Agosto de 2010
Todos hemos conocido a gente que no acepta un no por respuesta, pero pocos de ellos sobresalen tanto como el Padre James Hennessy. Hace aproximadamente 75 años, este joven sacerdote de Boston tenía, lo que pareció en ese entonces, un sueño loco y para poder hacerlo realidad necesitaba la autorización de alguien cuyas decisiones eran por lo general aceptadas sin titubeos. Cuando el Padre Hennessy no consiguió la respuesta que deseaba, volvió a intentarlo una y otra vez, hasta que finalmente, quizás por pura desesperación, el legendario Cardenal Guillermo O'Connell dijo que sí. Aquella palabra conduciría al Padre Hennessy a una profesión de misionero y finalmente, a su muerte a manos de los japoneses durante la Segunda Guerra Mundial. Pero ello también le ganó el papel de pionero en la vida de la Iglesia, lo cual hizo una diferencia para muchísimos hombres y mujeres.
La historia poco conocida y fascinante del Padre Hennessy me llamó la atención cuando leí un reportaje de Jim Lockwood en El Piloto, el periódico archidiocesano de Boston. El padre Hennessy, ordenado por dicha archidiócesis en 1930, había tenido un par de asignaciones parroquiales cuando, años más tarde, se le ocurrió una idea radical, ¿por qué no ser un misionero? Esto era poco común para un sacerdote diocesano en aquel entonces, y esa fue exactamente la reacción del Cardenal O'Connell cuando la petición del Padre Hennessy llegó a su escritorio. Estricto y adusto, el cardenal dudó en silencio sobre la cordura del sacerdote e hizo caso omiso de su solicitud.
“No hay problema”, pensó el Padre Hennessy,“lo intentaré otra vez,” y así lo hizo. De nuevo, el cardenal le respondio rapidamente con otro no. ¿Podría el Padre Hennessy hacer la misma pregunta una tercera vez? Seguro que sí podría y así fue. En esta ocasión, el Cardenal O’Connell por fin dijo que sí. El cardenal acompañó su “sí” con un comentario al márgen, indicando que el cambio podría ser "una bendición". Nadie supo si él quiso decir que la labor misionera sería una bendición o si sería una bendición el poder terminar con la insistencia del Padre Hennessy. Al Padre Hennessy tampoco le importó el comentario ya que él obtuvo lo que deseaba.
El sacerdote a cargo de la Oficina de Misiones Archidiocesanas le había dicho que él sería enviado a aquel lugar que fuera representado por el primer obispo misionero que visitara la diócesis, y ese obispo resultó ser el de las Islas Salomón. Allí fue donde se estableció el Padre Hennessy a finales de los años 1930, entregándose completamente a su trabajo y dándose a querer con los isleños. Hasta un seminario logró construir, el primero de su clase en el Océano Pacífico. Al principio de su segundo término misionero de cinco años, la labor del sacerdote fue interrumpida por la entrada de los Estados Unidos y Japón a la Segunda Guerra Mundial. Hennessy fue tomado preso y más tarde asesinado por los japoneses. “Él murió por la fe,” dijo Monseñor Andrew Connell, antiguo Director de la Oficina de Misiones de Boston, “porque esa era la razón por la cual él estaba allí, y pienso que eso lo constituye en un verdadero mártir de la fe.”
El legado del Padre Hennessy no termino allí. El sacerdote que dirigía la Oficina de Misiones, cuando el Padre Hennessy comenzó su labor, era el Padre Richard Cushing, quién más tarde se convertiría en arzobispo y cardenal de Boston, y fundador de la Sociedad de St. James, la organización que envía a sacerdotes de Boston a asignaciones misioneras en el extranjero. El Padre Hennessy no sólo fue el iniciador de esta labor; él fue el modelo a seguir para todos los sacerdotes de la Sociedad de St. James. Y todo comenzó porque él no aceptó un no por respuesta.