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Stephanie Raha
Editora Ejecutiva
Octubre de 2010
“Usted nunca jamás lo olvidará, pero hay que seguir adelante.” Lavon Collins, empleado de una tienda, hablaba a nombre de la mayoría de sus vecinos que viven en los pequeños pueblos alrededor de la mina Upper Big Branch, en Montcoal, West Virginia. Hacía apenas tres meses que 29 hombres murieron en el peor desastre ocurrido en una mina de carbón de los Estados Unidos en 40 años.
Durante una semana estuvimos paralizados por la cobertura de noticias, y contra toda esperanza, deseábamos que al menos algunos de los mineros pudieran haber llegado a un cuarto especial de seguridad. Sin embargo, sus cuerpos fueron finalmente descubiertos. Los rescatistas anteriores habían pasado junto a ellos el primer día del rescate, pero debido al humo grueso y el polvo de carbón, no pudieron verlos.
Aquel polvo de carbón ha sido la ruina de los mineros por generaciones. Este no sólo perjudica su vista y hace su trabajo más difícil, sino que también los mata al igual que cualquier explosión. Durante la década pasada, 10,000 mineros han muerto de antracosis pulmonar causada por inhalar dicho polvo. Las noticias son aún peores; la tasa de mortalidad que había mejorado en los años que siguieron al Acta de Seguridad y Salud de las Minas de Carbón de 1969 ha incrementado desde mediados de los años 90. Mientras se investigan las causas de este terrible cambio, se cree que la demanda creciente por el carbón ha llevado a exigir horas de trabajo más largas a los mineros, y la maquinaria y técnicas nuevas han contribuido a que estén expuestos al polvo. Además, en muchas minas no se siguen los procedimientos de seguridad estrictamente.
Así que los trabajadores mueren. De hecho, 16 personas mueren en nuestro país cada día debido a heridas causadas por su trabajo y 134 más por enfermedades relacionadas a su trabajo. Pero existen pocas posibilidades de que usted sepa de estos casos a través de las noticias de hoy en la noche. Solo las explosiones en minas o en plataformas petroleras logran convertirse en titulares y captar nuestra atención cuando se trata de peligros relacionados con el trabajo.
Tristemente, esto sucedió de nuevo el 20 de abril, justo cuando las familias de los mineros de carbón sepultaban a sus muertos. Salió la noticia de que había ocurrido una explosión e incendio en una plataforma petrolera del Golfo de México. Once hombres murieron. Y así comenzó otra tragedia. Sólo que esta vez las familias que perdieron a sus seres queridos no fueron los únicos a los que les tocó sufrir. El continuo derrame de petróleo ha matado a aves, pescados y otra fauna. Ese derrame de petróleo ha dañado severamente el agua y las tierras a través del Golfo, y posiblemente haya destruido a negocios pequeños y con ello el sustento de hombres y mujeres a lo largo de la región.
Es natural sentir cólera y dolor por la pérdida de los hijos de Dios y el daño causado a sus criaturas y al medio ambiente. Pero esto no es suficiente. Debemos enfocar nuestra atención y energía en los vivos, en los trabajadores enfermos y lastimados, en sus familias y las familias de aquellos que han muerto. Debemos exigir que las compañías implicadas en los desastres sean responsables por sus acciones. Debemos insistir en que las autoridades federales y estatales tomen un papel activo en esta crisis ambiental. Más aún, debemos luchar para que se aprueben las leyes necesarias y exista continua vigilancia con el fin de prevenir futuras tragedias para los trabajadores, para todos nosotros.
Además, tenemos que recordar que cada uno de nosotros tiene una responsabilidad personal. Después de todo, usamos la energía que proviene de las profundidades de la tierra y el mar. Queremos nuestra comodidad y conveniencia, el uso de nuestros aparatos y la tecnología. Y el precio que pagamos no es sólo en dólares, sino en vidas de los trabajadores y el futuro de la buena tierra de Dios.